sábado 6 de junio de 2009

Artículo - La tumba de Alejandro Magno

La localización de la tumba de Alejandro Magno es uno de los retos que la arqueología tiene aún pendientes. Muchas han sido las conjeturas sobre su posible ubicación, pero los textos clásicos y las investigaciones posteriores parecen apuntar a que se encuentra en Alejandría, bajo la mezquita de Nabi-Daniel. Fernando de Olaguer-Feliú y Alonso, catedrático de Historia Medieval de la Universidad Complutense de Madrid, sintetizó en 1.995 cuál era el estado de la cuestión al respecto de esta incógnita histórica. Recuperamos en este resumen las líneas principales de su argumentación.
El historiador latino Quinto Curcio Rufo explica que, agonizando en Babilonia, el rey macedonio manifestó su deseo de ser enterrado en el Santuario de Siwa, en el templo de Amón, donde el oráculo le había pronosticado que reinaría sobre todos los pueblos del universo, que sería invencible y que era hijo de Amón-Ra. Este buen recuerdo pudo hacer que Alejandro quisiera ser enterrado allí, dado su carácter religioso y vehemente.
A su muerte, el cadáver permaneció en Babilonia, donde fue embalsamado a la usanza egipcia. Mientras tanto, un Consejo de Notables presidido por el general Perdicas, decidía qué hacer con el fallecido. Tres eran las posibilidades: trasladarlo a Grecia, a la necrópolis de Aigai, donde estaban enterrados los reyes macedonios, llevar el cadáver al oasis de Siwa o, a petición de Ptolomeo, trasladarlo a Egipto, a la ciudad de Alejandría, una de las más de treinta urbes fundadas por el fallecido. El Consejo decidió el enterramiento en Aigai, partiendo poco después el cortejo fúnebre desde Babilonia a través del litoral Mediterráneo.
Hacia la mitad del recorrido, según los historiadores clásicos en tierras de Palestina, Filipo Arrideo, hermano y custodio oficial del cuerpo de Alejandro Magno, desvía el itinerario marcado, se reúne con Ptolomeo y cambia de rumbo hacia Egipto. En este momento, será éste quien decida el destino final del rey macedonio. Quinto Curcio nos comenta que el cadáver fue trasladado a Menfis, donde la momia dispuso de un enterramiento en un sarcófago de oro con la cabeza orientada a Siwa. Allí se estableció un Colegio Sacerdotal dedicado a sus cultos, lo que explicaría el hallazgo en Menfis de multitud de estatuas, relieves y cerámicas dedicados al culto del rey Alejandro.
Hacia el año 305 a.C., reinando ya Ptolomeo II, confirmado el rey macedonio como el origen de la dinastía de los lágidas, la momia es trasladada desde Menfis a Alejandría, capital del reino. Allí se establecieron tres grandes ciclos de celebraciones en su honor: en septiembre, conmemorándose su nacimiento; en enero, celebrando la fundación de la ciudad y en junio, recordando la fecha de su muerte.
El cadáver momificado se situó en el ágora de la ciudad, en la cripta del "sema", un edificio que era al mismo tiempo mausoleo y monumento exaltatorio del fundador de la urbe. En el año 221 y en el 210 a.C., reinando Ptolomeo IV, se amplió el edificio para convertirlo en mausoleo común para Alejandro y los lágidasa. El sarcófago original de oro fue cambiado por otro de alabastro traslúcido, para que el cadáver pudiera ser visto y venerado por todas las personas que acudían a verlo en peregrinación. Allí estaba cuando Julio César, Augusto o Calígula fueron a visitarlo.
A finales del siglo I, según los testimonios clásicos, los viajes a Alejandría para rogar ante los restos del mítico soberano aumentaron y, para su mejor contemplación, se cambió el sarcófago por otro de cristal totalmente transparente. Ya en el siglo IV, Teodosio I el Grande ordena clausurar los santuarios paganos, entre los cuales se encontraba la tumba de Alejandor, que fue derribado, cubriendo las ruinas la cripta en la que se hallaba el enterramiento. Las ruinas, en el extremo oriental del ágora, permanecieron hasta el año 640, cuando el Califa Omar se apoderó de la ciudad.
Desde entonces y hasta el siglo XVI los musulmanes veneraron aquel lugar como el que albergaba la tumba del “profeta y rey Iskander” y levantaron una pequeña mezquita llamada Dhu-l Qaznain, cuya traducción es “el señor del doble cuerno”, sin duda alusivo a la representación de Alejandro con los cuernos de carnero de Amón. En el siglo XVIII, sobre ese mismo lugar, se levantó la famosa mezquita de Nabi-Daniel, el fundador de la Alejandría árabe.
La búsqueda
En el año 1.886, el arqueólogo Mahamud-el-Falaki realizó unas investigaciones sobre la Alejandría helenística gracias a las que descubrió la ciudad de los Ptolomeos, en base a testimonios de historiadores y cronistas clásicos, con dos grandes arterias principales que se cruzaban al noreste, en la Colina de Pan. La vía que recorría de oeste a este, llamada avenida Canópico, bordeaba la gran plaza o ágora del Mésopédion, en cuyo extremo oriental se levantaba la tumba de Alejandro y el mauselo de los Ptolomeos (imagen aérea en la foto inferior). Tal ubicación coincide con la de la mezquita actual.
En nuestro siglo se han realizado algunas búsquedas en sus alrededores, alcanzándose tan sólo unas cuevas antiguas y restos de murallas de difícil catalogación. Sin embargo, es el testimonio del arqueólogo griego Ambrosios Shilizzi el que resulta más esclarecedor. Aunque no puede considerarse una prueba definitiva, en 1.850, el investigador heleno se topó con un grueso muro en los sótanos y pasadizos inferiores de la mezquita de Nabi-Daniel. A través de una grieta practicada en la pared pudo ver, según relataba años más tarde, un féretro de cristal que albergaba una momia cubierta con papiros. En efecto, los textos anteriores al siglo IV nos describen el sepulcro del monarca cubierto de manuscritos sagrados. Sin embargo, A Ambrosios Shilizzi no se le permitió confirmar el hallazgo.
En 1.995, una expedición liderada por Liana Souvaltzi, afirmó haber encontrado la tumba de Alejandro Magno en Siwa, al localizar una tumba de corredor que podría albergar los restos del monarca. Sin embargo, poco después esta teoría fue desmentida por el profesor Yannis Tzedakis, ya que las inscripciones que allí se documentaron eran de época posterior a los lágidas.
Todo parece indicar que el gran monarca macedonio se encuentra enterrado bajo la mezquita de Nabi-Daniel, sin embargo, la religiosidad del lugar para el mundo musulmán dificultará que la arqueología pueda desvelar esta incógnita milenaria.

Más información en el artículo “En torno a la tumba de Alejandro: estado de la cuestión”, publicado en la revista Goya, número 246. Fernando de Olaguer-Feliú y Alonso, 1.995.
Fotografía aérea obtenida de Google Maps.